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Viviendo con un monje budista en las montañas, experiencia única en Japón


A veces, cuando viajas solo, acabas viviendo situaciones totalmente inesperadas que jamás hubieras imagino llegar a experimentar. Como, por ejemplo, la vez que acabé conviviendo un par de semanas con un monje budista en las montañas de Kumano.

Fue hace un par de años, cuando viajé a Japón por primera vez durante varios meses por motivos laborales. Gracias a esta oportunidad, que requería que me desplazara por todo el país haciendo fotos, tuve el placer de conocer gente y visitar sitios que jamás hubiera descubierto de haber realizado un viaje normal como turista. Parte de mi estancia en el país tuvo lugar en Wakayama, una región recóndita del centro de la isla de Honshu que a menudo se suele pasar por alto, pero de una belleza y un encanto inigualables.

Montañas de Kumano, región sagrada de Wakayama.

 

 Senderismo por las montañas de Kumano

De manos de una —entonces— compañera de trabajo europea que lleva casi una década viviendo en Wakayama, y que se conoce la prefectura entera como la palma de su mano, pude visitar los rincones más ocultos y pintorescos de la histórica zona de Kumano, donde recorrimos numerosas rutas senderistas, incluida parte de la famosa ruta de peregrinación Kumano Kodo, de la que hablo más en profundidad en otro artículo.

Días después, mi compañero me pidió que la acompañara a una supuesta ‘fiesta’ que iba a montar un amigo suyo esa misma noche en el bosque. Aquel amigo, según me enteraría más tarde, es un célebre monje de la zona practicante de shugendo; una disciplina del budismo que busca el contacto directo con la naturaleza y la superación de los límites físicos mediante un duro entrenamiento diario en busca de la paz y el bienestar mental.

Sendero cubierto de musgo en las montañas de Kumano.
Sendero cubierto de musgo oculto tras la casa del monje.

 

Danza contemporánea en pleno bosque

Nada más llegar al punto de encuentro, inmerso por completo en la densa boscosidad de las montañas de Kumano, supe que no iba a ser una fiesta al uso. Allí tan solo había unas veinte personas (niños incluidos), casi todas coreanas y ataviadas con sendos vestidos blancos. Algunos tocaban instrumentos que no sabría identificar y otros encendían cientos de velas que iban depositando por todo el lugar (que, en su momento, me pareció algo arriesgado, teniendo en cuenta que estábamos rodeados de árboles y maleza). Un ambiente onírico como sacado de una película de David Lynch envolvía toda la puesta en escena.

Performance de danza contemporánea en las montañas de Kumano.

Al caer la noche, parte de los asistentes realizaron un interesante espectáculo de danza contemporánea (el verdadero motivo por el que se nos había convocado a todos allí) que hubiera encajado perfectamente en el MoMa de Nueva York. Los instrumentos y las velas resultaron ser parte fundamental de la puesta en escena y, por suerte, no provocamos ningún tipo de incendio aquel día. Al acabar la performance nos dirigimos a la casa del monje a cenar y a continuar con la peculiar celebración, que además se grabó casi por completo para un documental producido en Corea del Sur.

Espectáculo de danza en Kumano.

Días más tarde, tras haberme hospedado en varias guest houses tradicionales de la zona de Hongu, mi amiga decidió que la experiencia había quedado incompleta, y que no podía volverme de vuelta a España sin una buena historia que contar. Y, ¿qué mejor manera de experimentar la vida en Kumano, la zona más sagrada y tradicional de todo Japón, que conviviendo con un monje budista?

Coche abandonazo en un bosque de Kumano.
Coche abandonado cerca de la casa.

 

Estancia en la casa y primer contacto con el shugendo

Cabe decir que yo no era la única invitada en la casa. Ni siquiera la única extranjera. El monje, que se debe a su práctica religiosa basada en la hospitalidad y el respeto mutuo (factores propios, no obstante, de la cultura japonesa en su totalidad), siempre acoge a mochileros venidos de todas partes del mundo. Cualquiera que esté de paso por la región y quiera pasar una temporada con él, sin importar el motivo, encontrará un futón en el que dormir y comida que llevarse al estómago sin pedir nada a cambio (aunque nunca está de más ayudar en las tareas domésticas). Durante mi estancia allí, de aproximadamente una semana de duración, convivimos unas diez personas de cinco nacionalidades distintas, entre ellas dos jóvenes mochileros surcoreanos a los que había recogido con su coche en la carretera el mismo día que llegué yo.

Camposde arroz de Kumano.
Campo de arroz con el tejado de la casa al fondo.

Aunque mi anfitrión no hablaba mucho inglés, y mi japonés no pasaba del arigato y el sumimasen, nos las apañamos para mantener conversaciones medio decentes. De hecho, según pude entender, adora España, país que ha visitado en numerosas ocasiones. Y es que es una persona de espíritu joven y aventurero con una energía casi infinita que desafía la imagen típica del monje serio y tranquilo a la que los documentales nos tienen acostumbrados.

Durante mi estancia no hubo tiempo para holgazanear. Pocas veces he caminado tantísimo como lo hice entonces (con las consecuentes agujetas, que me abarcaban de la planta del pie a la nuca). Entre las numerosas rutas de senderismo por las que nos llevaron a los foráneos se encuentra la ruta ‘clásica’ del practicante de shugendo de Kumano, que parte prácticamente desde su casa y recorre varios kilómetros a lo largo de monte, ríos, bosque y cascadas, dibujando un círculo que concluye en el mismo punto de partida. Se trata de una ruta con una cierta dificultad para los novatos como yo, debido a la inclinación del terreno y a la humedad de la zona, que hace que las rocas y el musgo del suelo se vuelvan muy resbaladizos. Los practicantes de esta disciplina ascética, incluido el propio monje, realizan esta ruta a diario, tratando de tardar cada vez menos tiempo en completarla. Y no son pocas las personas que se han accidentado gravemente al intentar recorrerla.

Además de senderismo, también nos invitaron a probar el kayak y el surf de remo por las aguas sagradas del río Kumano. También tuvimos la oportunidad bañarnos en el río, e incluso atravesar una impresionante cascada oculta en el bosque.

Cascada en Kumano.

No obstante, quizás lo más interesante y singular de toda la experiencia fue la posibilidad de asistir a diversos rituales budistas en el propio templo del monje, construido por él mismo, que tiene justo al lado de casa. Todo ello hizo de aquellas dos semanas, posiblemente, las más memorables de toda mi vida.

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