En el oeste de Kansai, en la prefectura de Hyogo, se encuentra Himeji, una ciudad cuyo nombre va inevitablemente ligado a su castillo. Para muchos viajeros, Himeji es una parada casi obligatoria en su itinerario: aquí se conserva la fortaleza feudal mejor preservada de Japón. Pero reducir la visita únicamente al castillo sería quedarse a medio camino.
Durante siglos, la ciudad se organizó literalmente en torno a él. El castillo marcaba el ritmo de la vida urbana, definía los barrios, las distancias y hasta la forma de moverse por la ciudad. Aún hoy, pasear por Himeji permite entender el pasado con claridad. Basta con avanzar por sus calles principales para comprobar cómo el recorrido conduce una y otra vez hacia el mismo punto, con la silueta blanca de la fortaleza apareciendo al fondo, como si siguiera guiando los pasos de quienes la recorren.
Una auténtica ciudad castillo
Durante el periodo Edo (1603–1868), Himeji se desarrolló como una ciudad castillo, un modelo urbano muy extendido en el Japón feudal. En este tipo de ciudades, el castillo no era solo una construcción defensiva, sino el verdadero centro político y administrativo del territorio.
La vida se organizaba en función de la cercanía a la fortaleza. Los samuráis residían en las zonas más próximas, mientras que comerciantes y artesanos se establecían en barrios algo más alejados. Las calles principales no eran fruto del azar: estaban diseñadas para controlar los accesos y dirigir el movimiento hacia el castillo, dejando siempre claro dónde se concentraba el poder.
La ubicación de Himeji, cerca del mar Interior de Seto y en una ruta estratégica entre el este y el oeste de Japón, favoreció su crecimiento y estabilidad. A diferencia de otras ciudades que sufrieron grandes incendios o destrucciones repetidas, Himeji se desarrolló de forma relativamente continua, lo que explica que hoy conserve tanto su castillo original como buena parte del trazado urbano que lo rodea.
El castillo de la Garza Blanca
Una de las experiencias más representativas de Himeji comienza nada más salir de la estación. Al levantar la vista, la avenida principal se extiende en línea recta y, al fondo, aparece el Castillo de Himeji, conocido popularmente como el castillo de la Garza Blanca. Su nombre no es casual: el blanco intenso de sus muros y la forma elegante de sus tejados recuerdan a una garza a punto de emprender el vuelo.
En los días despejados, su silueta clara se recorta con nitidez sobre la ciudad, una imagen que ha acompañado a Himeji durante siglos. En época feudal, esta visión no era casual. El castillo debía verse desde lejos, guiando a quienes se acercaban a la ciudad y recordando desde el primer momento bajo qué autoridad se encontraban. Así, antes incluso de llegar a sus puertas, la fortaleza ya imponía su presencia y marcaba el camino hacia el corazón del poder.
Aunque sus orígenes se remontan al siglo XIV, el castillo adquirió su forma actual a comienzos del siglo XVII, tras la batalla de Sekigahara. Fue entonces cuando Ikeda Terumasa, aliado del shogunato Tokugawa, amplió la fortaleza y la transformó en un símbolo claro del nuevo orden político.
A medida que se avanza hacia el interior del recinto, el diseño defensivo se vuelve evidente. Los caminos no son rectos, las puertas obligan a girar y los muros reducen la visibilidad. Cada tramo estaba pensado para ralentizar al atacante y favorecer la defensa. Incluso hoy, al recorrerlo, se percibe esa sensación de control del espacio.
En el interior, las empinadas escaleras de madera, las estancias austeras y las pequeñas aberturas defensivas recuerdan que no se trataba de un palacio pensado para el confort, sino de una fortaleza preparada para resistir asedios prolongados.
Un castillo que nunca cayó
El Castillo de Himeji nunca fue conquistado en batalla. A lo largo de su historia cambió de manos por decisiones políticas, pero jamás fue tomado por la fuerza. También logró sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, pese a que la ciudad de Himeji fue bombardeada en 1945 y gran parte de ella quedó destruida.
Que el castillo haya llegado hasta nuestros días se debe a una combinación de circunstancias muy concretas. No era un objetivo militar prioritario y, además, una bomba incendiaria cayó dentro del recinto sin llegar a explotar. De haberlo hecho, la fortaleza (construida en gran parte de madera) habría sufrido daños irreparables. A esto se suma el uso de yeso blanco en los muros, que ayudó a frenar la propagación del fuego cuando los alrededores ardían.
Gracias a todo ello, el castillo se conserva prácticamente intacto y sin reconstrucciones modernas, lo que le valió su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y Tesoro Nacional de Japón.
Castillo de Himeji
TOURIST ATTRACTION- 68 Honmachi, Himeji, Hyogo 670-0012, Japan
- ★★★★☆
Koko-en, los jardines del castillo de Himeji
A pocos pasos del castillo, el ambiente cambia por completo. Los Jardines Koko-en invitan a caminar despacio y a observar el entorno con calma.
Inaugurados en 1992, estos jardines recrean distintos espacios vinculados a las antiguas residencias samurái del periodo Edo, basándose en documentos históricos y en los estilos de jardín de la época. Estanques, senderos y zonas abiertas permiten imaginar una vida cotidiana alejada del campo de batalla.
Dentro de los jardines se encuentra también una casa de té, un buen lugar para hacer una pausa y completar la visita de forma más reposada. Sentarse aquí, con el castillo asomando entre los árboles, conecta con una parte esencial de la cultura japonesa: el gusto por observar, detenerse y disfrutar del momento.
Jardines Koko-en
TOURIST ATTRACTION- 68 Honmachi, Himeji, Hyogo 670-0012, Japan
- ★★★★☆
Más allá del castillo: espiritualidad en el monte Shosha
Cuando uno se aleja del centro urbano, Himeji muestra también su vertiente más espiritual. En el monte Shosha se alza Engyo-ji, un complejo budista fundado en el año 966.
Durante siglos, Engyo-ji fue un lugar de estudio y retiro. Mientras el castillo representaba el poder militar y político, este templo encarnaba la dimensión espiritual de la región. Su ubicación apartada, rodeada de bosque, favorecía la disciplina, la introspección y la vida monástica.
Aunque ganó proyección internacional al aparecer en El último samurái, su valor va mucho más allá del cine. Durante siglos fue un importante centro de formación religiosa, frecuentado por monjes, nobles y samuráis, y desempeñó un papel clave en la difusión del budismo en el oeste de Japón.
El acceso al monte Shosha es sencillo y se adapta a distintos ritmos. Desde el centro de Himeji se llega en autobús hasta la base de la montaña y, desde allí, un teleférico salva el desnivel en pocos minutos. Una vez arriba, el recorrido entre los distintos pabellones se hace caminando por senderos bien acondicionados. También existe la opción de subir a pie por antiguos caminos de montaña, una alternativa más larga y tranquila para quienes prefieren una experiencia más pausada.
Templo Engyoji
TOURIST ATTRACTION- 2968 Shosha, Himeji, Hyogo 671-2201, Japan
- ★★★★☆
Visitar Himeji en una ruta por Kansai
Himeji es una parada muy fácil de integrar en un viaje por Kansai y el oeste de Japón. Cuenta con una estación de Shinkansen, lo que la sitúa a poca distancia de ciudades como Osaka, Kioto o Kobe, y permite visitarla tanto en una excursión de un día como en un desplazamiento entre destinos.
Además, su ubicación la convierte en un punto intermedio lógico para quienes continúan el viaje hacia el mar Interior de Seto o la región de Chugoku. Desde aquí es sencillo seguir hacia Kurashiki, con su conocido barrio histórico de antiguos almacenes, o desviarse hacia el norte para relajarse en Kinosaki Onsen, uno de los pueblos termales más tradicionales de Japón. En los alrededores también se encuentra Fukusaki, una visita curiosa ligada al folclore y al mundo de los yokai.
Himeji invita a recorrerla a pie y sin prisas. El castillo, los jardines y los espacios religiosos se enlazan de forma natural dentro del paseo, sin necesidad de una planificación compleja.
Además, es una ciudad que cambia mucho con las estaciones. En primavera, los cerezos alrededor del castillo llenan la visita de color; en otoño, los jardines y las zonas arboladas ofrecen un ambiente más sereno. Sea cual sea el momento del año, Himeji resulta agradable de recorrer y se presenta como el escenario de una ciudad que creció y se organizó alrededor de su castillo, conservando aún hoy el ritmo y la memoria de su pasado feudal.