Despedíamos la primera parte de nuestra excursión por Enoshima fijándonos en ese curioso templo; con forma de cueva y presidido por un amenazante dragón, intuíamos que algo interesante debía haber tras tan extraña construcción… Algo que se confirma viendo otras representaciones que aúnan cuevas y dragones, como este relieve que encontramos en el camino y que nos da alguna pista más.
El dragón de las grutas de Iwaya
Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, los habitantes de la zona que hoy en día ocupa la ciudad de Fujisawa se vieron amenazados por un terrible dragón. Al conocer la desgraciada situación de los lugareños, la compasiva Benzaiten, encarnación budista de las artes y de la belleza, quiso ayudarles. Se apareció con gran parafernalia en el cielo de la bahía de Sagami y exigió al dragón que dejara de atemorizar a los pobres campesinos. Subyugada por la belleza que irradiaba Benzaiten, la bestia prometió hacerlo si contraían matrimonio. Benten se negó y volvió a exhibir su poder haciendo emerger una isla: Enoshima. Así, el dragón se amansó y accedió a recluirse en el interior de la isla. Una doble gruta, conocida como las cuevas de Iwaya, no sería sino las fauces abiertas del dragón.
Originado en India, el culto a Benzaiten llegó a Japón con el budismo en el siglo VI. Desde entonces, Enoshima se convirtió en una isla santuario, enajenada para el uso civil a partir de las reformas del periodo Meiji en el XIX. Acumulando ya una larga tradición como centro de peregrinaje, no es de extrañar que se convirtiera de inmediato en un lugar de atractivo turístico de primera magnitud.
En el lado opuesto al acceso a Enoshima por el puente, es posible descender hasta el acantilado donde se encuentran las cuevas de Iwaya, a las que también se puede llegar en un ferry, el Benten-maru, que sale desde el embarcadero de Fujisawa.
Cuevas míticas abiertas al público
Las cuevas están habilitadas para la visita y cuentan con un sistema de iluminación. Aunque el mayor atractivo es que ese sistema sólo se utiliza en los días de gran asistencia de público, cuando se hace imprescindible por motivos de seguridad. En los días normales, el visitante recibe simplemente una vela para completar el recorrido de la forma más emocionante. En el interior se encuentran diversas estatuas votivas, dedicadas tanto a Benten como al dragón. La tradición dicta que el extremo más hondo de la cueva tiene conexión directa con el cráter del monte Fuji. Hay que tener mucho cuidado de no golpearse la cabeza en esta parte más profunda del trayecto, así como en algún otro de los tramos más angostos de la gruta.
El regreso al exterior depara extraordinarias panorámicas marítimas. También una curiosidad destacada; esa roca sumergida que el vaivén de las olas desvela puntualmente con su forma de tortuga.
Tras la visita a las cuevas, al desandar el camino y volver a encontrarse con el templito en forma de cueva, el excursionista sonríe satisfecho al haber desentrañado el misterioso origen de tan singular construcción.
[cft format=0]