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Nagano en invierno: itinerario de 4 días a prueba de borrascas

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“Japón se prepara para una intensa nevada en medio de una ola de frío que solo ocurre una vez en una década”. Así abría uno de los titulares del día la misma mañana de finales de enero de 2023 en la que nos disponíamos a viajar a Nagano en invierno. Titulares similares en todos los medios japoneses advertían de lo mismo, intentando disuadir a quienes pensaran que no era para tanto porque “total, es Japón y todo funciona”. Bien, nunca hemos tenido mejor momento para comprobarlo, que no era plan de cancelar nuestros planes a última hora. 

En cuatro días íbamos a encadenar algunos de los lugares más destacados de la prefectura de Nagano: Jigokudani, Zenkoji, Togakushi, Matsumoto y Narai-juku, juntando tanto sentido común como fuera posible, a la vez que alguna que otra plegaria al firmamento, porque nunca se sabe si algún kami sama te puede estar oyendo. Total, no es la primera vez (ni la última) que hago de tripas corazón para ignorar lo mucho que detesto el frío con tal de ver aquellas cosas que sólo puedes ver en invierno. 

Consideraciones ante un itinerario en Nagano en invierno (y por qué vas a agradecer el margen)

Las nevadas de invierno exigen planificar cada salida como si el trayecto más corto fuese a convertirse en una pequeña expedición. Ya sea Nagano o cualquier otro sitio. La nieve intensa no siempre cancela planes, pero sí los estira: caminar cuesta más, los horarios de buses y trenes  se vuelven elásticos y cualquier parada “rápida” se transforma en quince minutos de sacudirse el abrigo y recuperar sensibilidad en los dedos.

La regla de oro para estos cuatro días fue simple: madrugar, asumir tiempos de desplazamiento con margen y no jugar a la ruleta con el calzado. Botas con suela decente, guantes de verdad (los “bonitos” sirven para fotos, no para agarrar barandillas heladas), suficientes capas y llevar siempre una batería externa cargada para el móvil, porque el frío se la bebe con entusiasmo. 

Día 1 (mañana): Parque de los monos Jigokudani en invierno – vapor, nieve y macacos

Salimos a primera hora de Tokio rumbo a Nagano en tren y, al llegar, enlazamos con el autobús hacia el Parque de los monos Jigokudani con la idea de plantarnos allí alrededor del mediodía. 

Cuando el bus nos dejó cerca de Jigokudani, ya estaba nevando como si alguien hubiese abierto una bolsa de harina sobre el valle. El frío era de los que te ponen serio en dos minutos, y el camino a pie te obliga a ir lento y con cuidado si no quieres besar el hielo con la cara.

El valle de Jigokudani
Hacer fotos con este frío es caminar la cuerda floja entre la incomodidad de disparar con guantes o arriesgarte a perder un dedo cada vez que te quitas el guante para darle al obturador. Confieso que aguanté lo justo antes de que mis manos dimitieran.

Tras pagar la entrada, nos sorprendió un poco que la zona de observación alrededor de la terma donde suelen bañarse los macacos fuera relativamente compacta, pero eso se agradece cuando la nevada aprieta. Vapor subiendo, bosque blanco y adorables monos en su mundo. 

Monos dentro de las aguas termales

Te quedarías todo el día viéndolos mientras se bañan, juegan o corretean por los alrededores. Se les notaba que a los humanos les tienen más bien poco miedo. Sin embargo, recuerda dejarles en paz, ya que eres tú quien estás en su territorio y no a la inversa.

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Día 1 (tarde): Zenkoji en Nagano – volver a la ciudad sin perder el invierno

Volvimos a Nagano a media tarde y el panorama había cambiado: ya no caía nieve y el frío, sin desaparecer, se había vuelto razonable. Gracias a la tregua, pudimos recorrer Nakamise y Zenkoji Omotesando con calma, disfrutando de la quietud y la belleza del templo bajo la nieve.  

Omotesando funciona como pasillo de acceso y, cuando te plantas ante el recinto, aparecen las puertas que marcan la transición: el Sanmon (puerta principal) y otros edificios históricos del complejo, en un conjunto que se ha ido reconstruyendo tras incendios y siglos de peregrinación.

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La entrada del templo Zenkoji

Zenkoji se vincula a una leyenda fundacional muy concreta: su imagen principal, el Ikko Sanzon Amida Nyorai, habría llegado a Japón con la introducción del budismo en 552 (vía Baekje), y después fue trasladada a la provincia de Shinano en 642 (lo que vendría siendo a grandes rasgos la provincia de Nagano) por Honda Zenko, quien se dice que fundó el templo en 644.

El corazón es el Hondo, el gran pabellón principal: un edificio de madera gigantesco, reconstruido en 1707 y hoy Tesoro Nacional desde 1953. Si os gusta la arquitectura como a servidora, detenerse en los detalles de carpintería y el trazado del complejo merece la pena. A nivel filosófico, también es un lugar interesante: Zenkoji presume de ser un templo abierto a todo el mundo, sin adscripción sectaria, aunque su gestión la comparten Tendai (Daikanjin) y Jodo (Daihongan).

  • Templo Zenkoji


    TOURIST ATTRACTION
  • Japan, 〒380-0851 Nagano, Motoyoshicho イ
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Día 2: Togakushi en invierno – un bosque que te quita el aliento

El bus desde Nagano tardó aproximadamente una hora y nos dejó cerca de Togakushi a la altura de Togakushi Chusha, uno de los recintos intermedios del santuario antes de llegar al pabellón principal. 

Togakushi es un conjunto de cinco santuarios, cada uno consagrado a una deidad distinta, vinculados históricamente a la montaña y las prácticas ascéticas. En el caso de Chusha, se asocia al kami de la sabiduría y el cálculo, Ame-no-Yagokoro-Omoikane, el estratega del mito de la cueva de Amaterasu. La noche anterior había caído lo que no está escrito de nieve, por lo que optamos por visitar solo este recinto y el principal, ya que hay una distancia considerable entre cada uno de los cinco santuarios. 

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La nieve nos llegaba casi hasta las rodillas, y solo acercarnos a Chusha nos llevó un buen rato. Una vez en la carretera despejada por el quitanieves, avanzamos sin problema hacia el acceso de Okusha. 

Togakushi Okusha es el santuario “principal” del conjunto y consagra a Ame-no-Tajikarao-no-Mikoto, el dios de la fuerza que, en el mito, empuja y abre la puerta de la cueva celestial. 

Y luego está la parte que se te queda pegada en la memoria aunque vayas con la nariz congelada: el tramo final con la puerta roja Zuishinmon y, a partir de ahí, la avenida de cedros monumentales*: unos 500 metros flanqueados por árboles de más de 400 años que, entre el blanco casi absoluto de la nieve, parecen formar parte del escenario de un relato fantástico.

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*Ten en cuenta que este año han limitado el acceso a la avenida de los cedros por posibles desprendimientos de nieve.

Un apunte de seguridad sobre caminar en la nieve:

Al margen de la solvencia del calzado y la indumentaria, evitad siempre caminar por la nieve a menos que tengáis la más absoluta certeza sobre el camino. Nunca se sabe si estáis pisando por donde no toca y corréis el riesgo de caer en alguna zanja o resbalar por desniveles que no son evidentes.

Día 3: Castillo de Matsumoto en invierno – arquitectura en blanco y negro

He visitado el Castillo de Matsumoto más de una vez, y tengo que admitir que la nieve le sienta de maravilla. La madera oscura contrasta con el blanco del entorno dándole un aire moderno y refinado, el foso funciona como marco natural, y tuvimos la suerte de un día relativamente soleado. Debido a su color, el castillo es conocido popularmente entre la población local como Karasu-jo, o Castillo cuervo.

castillo de Matsumoto

Tuvimos la suerte, además, de coincidir en nuestra visita con el Festival de esculturas de hielo del Castillo de Matsumoto, celebrado anualmente a finales de enero con obras expuestas en el parque del castillo y otros puntos del centro.

Figuras de nieve en el castillo de Matsumoto

El conjunto es Tesoro Nacional, y su torre principal es la más antigua entre los tenshu de cinco pisos y seis plantas interiores que siguen en pie en Japón. Por dentro, el recorrido muestra a la perfección cómo es un auténtico castillo japonés por dentro: escaleras empinadas, pasillos estrechos y detalles defensivos que se leen mejor a pocos centímetros, con aberturas para flechas y arcabuces. 

  • Castillo de Matsumoto


    TOURIST ATTRACTION
  • 4-1 Marunouchi, Matsumoto, Nagano 390-0873, Japan
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Día 4: Narai-juku en invierno – un pueblo postal suspendido en el tiempo

Narai-juku fue un pueblo postal del Nakasendo, la ruta interior que conectaba Edo (Tokio) y Kioto. En el tramo del Valle de Kiso llegó a prosperar tanto que aparece con el apodo de Narai senken (mil casas), y hoy mantiene una calle principal de aprox. 1 km, una de las más largas entre los antiguos pueblos postales. Su valor patrimonial se reconoce oficialmente desde 1978, cuando el área se seleccionó como Distrito de Preservación de Conjuntos de Edificios Tradicionales. Muchas casas siguen el patrón local de debarizukuri, con la segunda planta ligeramente volada para proteger la fachada.

Una calle rodeada por casas en Narai-juku

Afortunadamente, el acceso es muy sencillo, ya que la estación de tren Narai se encuentra en el mismo poblado, así que fuimos por la mañana en tren, sin sufrir mayores contratiempos por la nieve. Tomad en cuenta que las frecuencias de tren son mucho menores que en grandes ciudades, por lo que, en función del timing en el transbordo, el trayecto desde la estación de Nagano puede ser de más de 2 horas en total.

Un puente con una estampa invernal en Nagano

Una vez en el pueblo, es un simple paseo lineal por la calle principal, con paradas para curiosear tiendas y talleres (atención al lacado de Kiso para quienes busquéis artesanía local), y alguna compra pequeña antes de volver a mirar el reloj.  

Con frío, el pueblo se disfruta por capas: celosías, madera oscurecida, humo en el aire y el sonido de pasos sobre nieve pisada. La calle invita a mirar fachadas y entradas más que a “hacer kilómetros”, y el invierno ayuda: menos distracciones, más textura.

  • Narai-juku


    TOURIST ATTRACTION
  • Narai, Shiojiri, Nagano 399-6303, Japan
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Viajar con nieve implica moverte con margen y aceptar que la prisa es mala consejera. Nagano en invierno resultó un escenario magnífico en su versión más intensa; y a pesar de las reticencias iniciales, la nieve mejoró con creces la experiencia. La aparente aleatoriedad con la que cambia el clima en Japón hace que consultar la previsión del tiempo parezca un juego de azar. Pero la verdad es que, salvo condiciones extremas, en Japón todo funciona. Viajamos 4 días sin mayores contratiempos, salvo algunos atrasos de tren y algunas risas andando en medio de la nieve o resbalando en el suelo.

Sigo odiando el frío. 10/10 lo volvería a hacer. 

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