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Nikko Toshogu: viaje al centro del mundo

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Mi viaje es trascendental, pues me dirijo, siempre para arriba, hacia el centro del universo. Hacia el eje del mismísimo mundo. Hacia la tumba del más augusto de los gobernantes de Japón, que tuvo en su puño (enguantado de acero) todos los dominios del Japón feudal. Voy a peregrinar a la tierra sagrada del Gran Dios de la Luz de Oriente.

A mi espalda queda ya Shinkyo, el puente santo (y escénico) de Nikko, que tiempo ha fue dos gruesas serpientes enroscadas en el brazo del espíritu del Río Daiya, que el puente cruza. El dios fluvial convirtió, piadoso, sus serpientes en el puente que permitió a Shodo Shonin, el fundador del primer monasterio budista del Monte Nikko, proseguir su viaje hacia el mismo lugar al que voy yo. Ya subo unas cuantas escaleras.

Mientras recupero el aliento, paso de largo de una estatua moderna de Shodo Shonin, de descriptible mérito artístico, y de la fuente de bronce macizo a sus pies, en forma de caldero y con un vistoso surtidor en forma de dragón, y un (más inconspicuo) círculo de crisantemos imperiales en su exterior. El crisantemo, el escudo del emperador de Japón, cuya dinastía, encerrada en su jaula de oro, allá en Kioto, sirvió de mascota de los shogunes durante casi trescientos años. Tal era el poder del Shogun Tokugawa. 

¿Y quién es el Shogun? 

Es la abreviatura de algo que más o menos podemos traducir como “administrador plenipotenciario de la conquista del Noreste”. Al primer samurai que fue lo bastante poderoso como para ponerse por encima del emperador, éste le dio el título; un desiderátum: “igual se va este tipo de verdad al noreste (no del todo aún pacificado) a pelearse con los indígenas y deja de incordiar en Kioto”. Nunca funcionó, pero allí quedó el título, que en el mundo real pasó a significar “aquél que manda en nombre del emperador pero sin consultar nunca al emperador; vamos, el que manda de verdad”.

Entrada en el santuario Nikko Toshogu

Al poco, llego ya al pasillo verde: a flanco y flanco tengo una fila de cipreses japoneses, y al ir subiendo la suave cuesta veo ya, a lo lejos, el gran torii de piedra Toshogu, a la sombra de la espesa vegetación del primer recinto del santuario. Su cartel, negro con ideogramas dorados, reza “Tosho-Daigongen”. Los japoneses importantes tienen nombre póstumo: se llaman diferente vivos que muertos; Tosho es el nombre de ultratumba de Tokugawa Ieyasu, el primer Shogun Tokugawa, y con tal nombre lo deificaron tras morir. Una especie de canonización, si se quiere. Y no se conformaron con elevarlo al panteón del sintoísmo, sino que necesitaron rizar el rizo y lograron que los mandamás budistas de la época lo reconocieran como la reencarnación de uno de sus budas; no con el primero que pasaba por allí, sino con uno muy especial: Yakushi Nyorai, el buda de la curación.

Todo esto es propaganda de hace cuatro siglos

¡Y qué propaganda! Mientras paso bajo el torii de piedra y dejo a mi izquierda la pagoda de cinco tejados de 1810, voy pensando que lo de la curación ya lo eligieron a propósito. Antes de que Ieyasu se hiciera con el poder absoluto, hubo un periodo de casi trescientos años de guerras civiles. Ieyasu les puso fin (a base de eliminar físicamente a todos sus oponentes), y se convirtió en el Octavio Augusto de Japón: su reinado inauguró una larga y próspera era de paz, porque básicamente ya no quedó nadie que pudiera toserle a sus descendientes. De ahí la necesidad de curación. Como una gota malaya, la arquitectura y el arte del templo insisten una y otra vez en los mismos temas: los Togugawa son magníficos, han traído la paz, y están aquí por la eternidad.

Ya he subido la docena y media de altos escalones de piedra que me llevan al Niomon; la puerta de los dharmapalas; los dioses rojos pasados de gimnasio que vigilan que no vayan más allá de la puerta los malos espíritus. Son dioses budistas que guardan un santuario sintoísta, y no puedo evitar pensar la faena que debió dar este templo a las autoridades religiosas cuando el emperador Meiji, némesis del régimen Tokugawa, decretó que el budismo y el sintoísmo no podían practicarse a la vez en el mismo templo. 

Gigantes pequeños: gaticos y monetes

En Toshogu, las cosas más importantes son de las más pequeñitas, de modo que sería fácil pasar por alto una de las representaciones iconográficas más importantes de toda el Asia si no fuera por la cantidad de turistas chinos que esta noche no han dormido pensando en qué mañana podran recrear, de tres en tres, la talla de los tres monos sabios. Se arremolinan bajo la talla mural, en el friso de la cuadra sagrada de Toshogu, donde el Shogun guardaba su caballo, y se tapan uno la boca, otro los ojos y otro los oídos, igual que los monos, para la foto. Y pienso que es irónico que los humanos sean aquí los que imitan a los micos. No exhortan éstos a la discreción, como piensan muchos (oir, ver y callar, decían las abuelas de posguerra), sino a vivir. Los monos son sabios irónicamente: practican la virtud negativa, la que consiste en no hacer. Como el mal no es la ausencia del bien, nosotros, que somos más que los monos, no debemos conformarnos solo con no hacer el mal, sino que debemos hacer el bien. 

Edificio de oro

Y doy diez pasos más hasta el torii de bronce, del cual dicen que da fertilidad al ponerse debajo y me quedo allí un ratillo (el consenso en mi unidad familiar legalizada es que conviene aumentar la población del planeta) porque mal, mal seguro que no hace. Desde aquí ya se ve Yomeimon; subo, ya convenientemente fertilizado, otra docena y media más de escalones y me quedo un rato contemplando lo que se considera la obra cumbre de la carpintería japonesa. Yomeimon, o puerta del día. O también (humor japonés) la puerta de todo el día, pues uno puede mirarla durante todo el día y no repetir nunca un detalle de la intrincada escultura en madera. 

El portal de madera de estilo chino mira hacia el sur, cancelando la energía negativa que llega del norte, una dirección de infortunio. Eso hace que el no poco pan de oro que adorna las esculturas de la puerta refleje todo el día las bendiciones de Amaterasu, la diosa del sol cuya luz hace refulgir los quinientos motivos escultóricos del portal. Predomina el color blanco. Un blanco de pureza nival que me deslumbra a la vez que subo escalones para atravesar Yomeimon. Saludo a las esculturas de formas humanas que hay en el balconcito ornamental y en el dintel del portal, un poco más abajo. Doy los buenos días en especial al bueno de Mencio, gigante de la filosofía china (y universal), al que una talla muestra de niño acompañando a su madre. Insertando cuentos y relatos chinos en lo que se considera el mejor conjunto escultórico de Japón, lo que hicieron los Tokugawa era insertarse ellos mismos en el pasado glorioso del Asia; mirad: no somos exactamente esta gente, pero somos igual de gloriosos. 

Tras atravesar Yomeimon giro a la izquierda y paso de largo de Karamon, la puerta que conduce al sagrario principal de Toshogu, dentro del cual reside el alma deificada de Tokugawa Ieyasu. Pero hoy no es el alma lo que me interesa. Me interesa el cuerpo, del cual dice la tradición que se encuentra bastante más arriba. Si hasta ahora los escalones iban de docena y media en docena y media, ahora me esperan doscientos siete escalones seguidos. Antes de subir el primer peldaño, debo detenerme por el efecto acordeón que crea en el público otro de los gigantes de Toshogu; gigante, al menos, en cuanto a la sombra que proyecta en la cultura popular japonesa, porque, físicamente, el Gato Durmiente, Nemurineko, es bastante pequeño. Tanto como un verdadero gato, cuyas formas imita de manera notablemente realista. Sobre el dintel del portal que conduce a las escaleras que llevan a la tumba, veo la talla de un gato blanco y negro. Lo veo yo a él y él a mí no, porque, aparte de ser de madera, está durmiendo la siesta. Este gato expresa el legado más valioso del shogunato Tokugawa. Tras él, al otro lado de la puerta, hay una pequeña talla de gorriones; éstos despiertos revoloteando felices. Recordemos que los Tokugawa inauguraron su régimen tras cientos de años de guerras civiles. Pues bien, este gato representa la guerra que los Tokugawa han logrado dormir. Ahora los gorriones pueden jugar hasta que el gato despierte. La sutileza de la metáfora consiste en que, si alguien decide sacar a los Tokugawa de en medio, la guerra volverá. Para Meiji fue profético: sacó del poder a los Tokugawa y los mismos Tokugawa se encargaron de despertar al gato. La advertencia era sobre su propia predisposición a no abandonar su legado sin luchar. 

Arriba los corazones

Doscientos siete escalones parecen muchos, pero el cansancio del cuerpo en el ascenso queda mitigado por las vistas; el beneficio de la altura permite contemplar mejor el cerrado bosque de cipreses japoneses multicentenarios que rodean Toshogu, los más altos de los cuales se yerguen más de treinta metros por encima de mi cabeza. 

“¡Qué cansancio!” es la expresión que más se oye entre los peregrinos al final de los múltiples tramos de escaleras empinadas. Constato que los años ya pesan al darme cuenta de que cada vez voy más encorvado y arrastro los pies. Los escalones se van sucediendo ante mi vista como los créditos finales de una película, y eso me hace acordarme de que cada uno de los peldaños se ha tallado de una sola piedra maciza. Hasta en el suelo que pisamos, los Tokugawa querían expresar una total y desinhibida falta de humildad. Ya se acaban los escalones que, por lujosos que sean, siempre son una lata, y ahora ya sí, me encuentro ante la tumba de Ieyasu. Éste es, según la tradición, el eje del centro del mundo; en él el régimen del shogunato mandó edificar la relativamente sencilla tumba del dios-shogun: una pagodita de bronce, con un solo tejado, que apenas levanta del suelo tres metros. Allí dicen que metieron las cenizas de Ieyasu… lo cual seguramente es mentira. Ieyasu dio orden de ser enterrado en otra parte, a cientos de kilómetros al sur, pero sus descendientes dieron a entender a todo el mundo que habían trasladado las cenizas de su antepasado a una tumba en el eje del centro del mundo, y que todos nosotros damos vueltas alrededor de su divino y augusto fundador. Y a la sombra densa que proyectan los cedros japoneses en la ladera del monte Nikko veo la poco nutrida (los escalones disuaden a muchos) sucesión de turistas y peregrinos que vienen a presentar sus respetos al hombre que nunca estuvo ahí, y pienso que, de manera similar a lo que sucede con la tumba del apóstol Santiago, hay cosas que, si bien no son del todo ciertas, bien merecen serlo. 

Cómo llegar

En la cosmovisión japonesa, el vacío es uno de los elementos de la creación: la ausencia ya es una presencia. Para comulgar en directo con la ingente presencia de ausencia en el interior de la tumba de Ieyasu, hay dos métodos buenos si venimos desde Tokio: 

  • En la estación de Tokio subimos al Tohoku o Yamagata Shinkansen hasta la estación de Utsunomiya, y allí seguimos las indicaciones que nos darán los interceptadores voluntarios de turistas occidentales que provistos de un chaleco identificativo verde fluorescente, buena voluntad y muchas ganas de practicar idiomas, nos indicarán enfáticamente y en un inglés exótico el andén donde subir al tren local con el que completar el trayecto. Todo junto se puede hacer en menos de dos horas. 
  • Desde la estación de Tobu Asakusa salen los trenes expresos que, también en menos de dos horas, nos dejan en Nikko sin trasbordos. Además, podemos comprar el Nikko World Heritage Pass, que si queremos pasar más de un día en Nikko nos sale a cuenta al incluir varias otras actividades por la zona. 

En ambos casos conviene hacer reserva con anterioridad sobre todo en temporada alta: marzo-abril (por la floración del cerezo) y noviembre (por el koyo el enrojecimiento de las hojas del arce). El precio de los billetes varía ligeramente con la temporada, pero en tren bala el viaje de ida y vuelta cuesta algo más de 11.000 yenes y en Tobu Asakusa, unos 8.000, aunque si somos usuarios de un Japan Rail Pass, el 100% del precio del viaje en tren bala+tren local queda cubierto. En caso de ir desde Tobu Asakusa, el Japan Rail Pass no nos da cobertura y hay que pagar los billetes de tren por separado. 

Una vez hemos llegado a Nikko, solo tenemos que tomar el bus que hay frente a cualquiera de las estaciones para llegar al santuario Nikko Toshogu en diez minutos.

  • Nikkō Tōshōgū


    TOURIST ATTRACTION
  • 2301 Sannai, Nikko, Tochigi 321-1431, Japan
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